EL ÚLTIMO DUELO DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.-

180203 (1)18 de febrero………………………y entonces sucedió que……………………………….

…..el jueves 31 de diciembre, último día del año de 1903, el gobierno del conservador Antonio Maura presentaba al rey Alfonso XIII el decreto que recogía el nombramiento del padre Bernardino Nozaleda como arzobispo de Valencia, una noticia mal avenida por la prensa liberal que acusaba al dominico de un supuesto sentimiento anti españolista, como arzobispo de Manila, con su al parecer reiterado trato de favor hacia los norteamericanos durante la pérdida de los territorios coloniales de Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

Unos ánimos exaltados que se verían manifiestamente evidentes durante los actos conmemorativos del día 11 de febrero, coincidiendo con el trigésimo primer aniversario de la Primera República celebrados en diferentes puntos de la geografía española.

Una semana más tarde, el viernes 18, de un día como hoy, de hace ciento dieciocho años, el escritor, periodista y diputado por Valencia, desde hacía seis años, Vicente Blasco Ibáñez comenzaba a escribir, desde su periódico, “El Pueblo”, encendidos artículos contra el aludido nombramiento utilizando el asunto Nozaleda como ariete político contra el gobierno de Maura.

El autor de “Arroz y tartana, “La Barraca”, “Entre naranjos “, “Cañas y barro”, entre otras, tras protagonizar un duro debate en el interior del hemiciclo el lunes día 22, junto al también liberal conde de Romanones, solicitando del Congreso una declaración de reprobación por el nombramiento del padre Nozaleda, a la salida, recibía la felicitación de algunos parlamentarios, que allí se congregaban, prodigándole una fuerte ovación y un caluroso aplauso.

Un aparente acto espontáneo que las fuerzas de seguridad entendieron como una manifestación cuando los allí presentes comenzaron a vitorear por la República y a la que se dispusieron a disolver utilizando para ello la fuerza, repartiendo, entre los allí presentes, algún que otro golpe de sable, llevándose el propio don Vicente al parecer uno bastante fuerte en el rostro.

Conocido el carácter decidido de Blasco Ibáñez no era pues de extrañar que al mismo día siguiente, tal y como recogería con posterioridad el diario de sesiones del Congreso de los Diputados, desde el púlpito de oradores, el diputado valenciano diera tal discurso que acabaría causando un revuelo sin precedentes, acusando al propio ministro de la gobernación, José Sánchez Guerra de ser el responsable directo de los actos cometidos por las fuerzas de seguridad durante la jornada del día anterior, actos de unos guardias, a los que llamaba de manera despectiva “esbirros de aquel”, señalando para poner fin a su alocución que, -“Su señoría no se hubiera atrevido a darme el golpe que se me dio ayer, pero esto no volverá a repetirse, porque hoy traigo en mi bolsillo, una browing, semiautomática, con ocho disparos y al primer guardia que me ponga la mano encima lo tiendo de un tiro en el suelo”-.

Palabras incendiarias en las que llegaba a referirse, al autor de aquel golpe, como de un “simple tenientillo desvergonzado” que tendrían respuesta inmediata, dimitiendo aquel y retándole a un duelo a muerte en el caso de no ofrecer las pertinentes disculpas, rectificando aquellas palabras, que obviamente no acabarían siendo enmendadas.

No era el primer duelo de don Vicente, que ya había sido retado por Diego Fernández Arias, director del diario la Correspondencia Militar, por varios artículos muy ofensivos hacia el escritor valenciano y del que saldría herido Blasco Ibáñez levemente en uno de sus muslos.

El gobernador civil de Madrid, el conde de San Luis, aceptaba la dimisión del primer teniente Juan Alastuey Marías el cual se presentaba el 29 de febrero, acompañado de sus padrinos, el coronel Jaquetot y el comandante de infantería Gómez López, a las cinco de la tarde en la finca de la Quinta Sabater, perteneciente a una familia de banqueros, situada cerca del paseo de las Delicias de Madrid, al duelo a muerte contra el diputado valenciano que hacía acto de presencia junto a Nicolás Estévanez y Luis de Armiñán en calidad de padrinos, siendo designado juez de aquel asunto Alejandro Saint Aubin, estando igualmente presentes los doctores San Martín y Mariscal.

Dos reglas básicas y claras. Situados a una distancia de 25 pasos, dos balas por cada contendiente y treinta segundos para poder apuntar y efectuar el disparo correspondiente, que tras el oportuno grito, por parte del juez de campo de ¡Fuego!, ambos contendientes erraban sin acertar. Procedido el segundo de aquellos disparos, el diputado volvía a fallar el suyo, siendo al parecer alcanzado en el abdomen, por el gesto de dolor y el grito ahogado que emitía, de encontrarse herido.

Blasco Ibáñez levantaba su mano mientras exclamaba antes de caer a tierra, -“herido, estoy herido”-, aproximándose rápidamente el galeno San Martín el cual observaba como el proyectil lanzado desde el arma de Alastuey había impactado milagrosamente en la misma hebilla del cinturón del escritor, donde se había quedado alojado, recibiendo este el doloroso impacto que le había causado la sensación de haber sido alcanzado en el vientre.

Tras un ligero debate de los padrinos, estos acordaron dar por concluido el duelo, dándose los contendientes amistosamente la mano y señalando don Vicente que en ningún momento había sido su intención ofender al ejército, ante lo cual, aquel le contestaba que de haber dicho aquellas palabras antes, habrían sido suficientes para poner fin a aquella disputa.

No fallecería aquel día el político valenciano, que lo haría casi veinticuatro años más tarde, mientras se encontraba en el exilio, en la localidad francesa de Menton, el 28 de enero de 1928, un día antes de cumplir los sesenta y un años, cuyos restos, acabarían siendo trasladados posteriormente a la ciudad de Valencia para su eterno descanso, cumpliéndose así sus deseos.

En su lápida, en la sección 4 del antiguo cementerio civil puede leerse;

“Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al Mare Nostrum que llenó de ideal mi espíritu. Quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia que es el amor de todos mis amores—“.

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