GILLIAN, UNA NIÑA «DIFERENTE»…

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23 de septiembre………….y entonces sucedió que………………………………………

………llevaban tres semanas desde el inicio del nuevo curso escolar, de aquel año de 1933, que había dado comienzo el lunes 4 de septiembre en toda Inglaterra, y aquella alumna de Prep School, de la de los más pequeños del colegio, Gillian Pyrke, de siete años,  ya había recibido más calificaciones negativas y reprimendas de sus profesores de las que nadie nunca jamás había obtenido en tan corto espacio de tiempo en aquel centro educativo.

No pasaba un solo día en el que su tutora no recibiera una nueva llamada de atención por parte de alguno de sus profesores sobre la actitud de aquella niña, tan inquieta como ninguna, que, o bien no podía, no quería o no sabía permanecer sentada en su pupitre durante más de diez minutos, y por mucho que fuera amonestada, o castigada parecía no entender el alcance de la influencia de su comportamiento en el resto de sus compañeros de clase.

Aquel claustro profundamente preocupado instaba a la dirección del colegio a llevar a cabo una reunión para poder tomar algunas decisiones al respecto. Y aunque algunos llegarían a sopesar seriamente incluso la posibilidad de proceder a la expulsión de la niña, bien fuera de manera temporal o de forma definitiva, no parecía aquella una medida que contase con el beneplácito de la mayoría.

Estaba claro que con aquel proceder la niña no quería entrar en la dinámica de grupo que los profesores querían imponer en sus clases. Varios profesores señalarían que además de ser una alumna indisciplinada, —“molesta, no sabe estarse quieta, no para de levantarse ni de interrumpir, no hace los deberes que se le piden, ni presenta a tiempo sus trabajos, y tiene además una caligrafía horrible”—, para acabar de afirmar con rotundidad la mayoría de los allí presentes que, ­—“es verdaderamente una criatura insoportable”—.

Tras la reunión el director entregaba a la tutora una carta que esta le daba en mano a la señora Pyrke aquella misma tarde, citándola junto a su marido para el sábado, de un día como hoy, 23 de septiembre, de hace ochenta y nueve años, para tratar, entre otros asuntos, suavizando los argumentos ofrecidos por su profesorado, poder valorar conjuntamente las capacidades y los problemas de concentración, que directamente incidían en la dificultad del aprendizaje de la niña.

Leslie Pyrke y su mujer Bárbara acuden preocupados al centro educativo de Bromley. En casa no tienen ninguna constancia de aquellos «problemas» sugeridos. La niña es un poco trasto, pero entienden que es como cualquier otra de su edad llena de energía y vitalidad. Es, de hecho, a su entender, una niña feliz.

Tras la entrevista, Leslie parece aceptar, aquella supuesta limitación de la capacidad intelectual de su hija, argumentada por quienes, se supone, saben más que él en aquellos asuntos, considerando que quizás lo mejor para ella sería llevarla a uno de esos centros, mientras que su mujer, por el contrario, no está para nada de acuerdo. Pasa muchas horas con la niña y está segura que es de lo más normal. Así que decide llevarla al médico para evaluarla sin que Gillian sospeche nada.

En la consulta, el doctor atiende a la madre que responde las preguntas que este le formula. La niña está sentada detrás, en un pequeño sofá, al que él no deja de observar sin que ella se percate. Ciertamente es una niña nerviosa pero tras realizarle una serie de preguntas descarta que la niña presente problemas cognitivos. Se dirige a ella y le dice que va a salir del despacho un segundo con su madre pero que regresarán enseguida, que se quede allí sentada portándose bien, ofreciéndole un libro de colores para distraerse.

Al salir el doctor pone en la radio algo de música, e invita a la madre a abandonar aquel despacho para observar la reacción de la niña a través de un espejo desde el que ella no puede verles. Nada más salir de la estancia, la niña empieza a mover las piernas y los brazos, poniéndose a bailar al son de la música.

—“Observe bien a su hija, señora Pyrke”—, le dice el doctor, —“su hija está perfectamente”—. Fíjese bien. Es una niña que necesita libertad para poder expresarse, mire como baila, como se mueve. —¿No ve en este momento simplemente a una niña feliz?—

—“¿Quiere un consejo?. Su hija es bailarina llévela a una escuela de danza—.

Gillian Pyrke ingresaría en la escuela de danza de Miss Madeleine Sharp que impartía, por aquel entonces sus clases, en salón de baile del desaparecido Hotel Real Bell (justo al lado de la plaza del mercado). La niña contaría años más tarde la maravillosa sensación que tendría al entrar el primer día en aquella escuela de danza al ver que todo el mundo necesitaba moverse para poder pensar.

A los diez años ya había conseguido una beca para la Royal Academy of dancing. A los trece, el infortunio quiso que perdiera a su madre en un accidente de tráfico el 8 de julio de 1939, dos meses antes de iniciarse una guerra, que acabaría siendo conocida como la Segunda Guerra Mundial y que terminaría, de igual forma, con la vida también de su padre. Pero ella con cada pérdida llegaría a afirmar sentir la presencia de ambos entre los bastidores de los teatros en los que bailaría, sobre todo la de su madre, acompañándola siempre.

Fue entonces cuando decidió cambiar su apellido de Pyrke por el de Lynne, Gillian Lynne. A los diecisiete se uniría a la compañía de Molly Lake’s, y durante una actuación en el People’s Palace llamó la atención de Ninette de Valois, quien le pediría que se uniera a la compañía Sadler’s Wells Ballet y de ahí a tener una exitosa carrera, siendo protagonista en la bella durmiente, de Chaikovski, la reina negra en la obra Checkmate y la reina de las Wilis en Giselle, entre otros.

Gillian Lynne es la creadora de coreografías y espectáculos como Cats en 1981, y El fantasma de la ópera en 1986. El New London Theatre, donde se presentó la producción original de Cats, en el West End, pasaría a llamarse oficialmente «Gillian Lynne Theatre» en 2018.

Y todo ello gracias al empeño de una madre que supo ver que su hija verdaderamente era especial, pero de otra forma de la que el resto la veía.

Y es que;  -“Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, pensará toda la vida que es un inútil”-. [Albert Einstein].

Y Gillian más que un pez, fue gata…

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