UNA NOCHEBUENA DIFERENTE…

23DI

23 de diciembre………………….y entonces sucedió que………………………………

…los aliados estaban acercándose demasiado. La panadería que Hubert tiene en la localidad alemana de Aquisgrán había sido alcanzada por las bombas enemigas. La octogenaria tahona familiar era, al mismo tiempo, el lugar de trabajo y domicilio de los Vincken, por lo que aquella misma fría mañana de diciembre decide llevar a su mujer, Elizabeth y a su hijo, de doce años, Fritz, a la cabaña familiar que tienen, cerca de la frontera con Bélgica, un recóndito lugar en medio del bosque de Hürtgen.

No sabe Hubert Vincken, que los planes de Hitler pasan precisamente por lanzar una ofensiva por aquella zona, tratando así de frenar la acometida aliada, y poder centrar toda su atención en el frente oriental, donde el ejército soviético avanza con determinación (obviamente nadie sabe por aquel entonces que la guerra acabaría cinco meses más tarde).

El sábado 16 de diciembre de 1944, a las 5:30 de la mañana la Wehrmacht iniciaba un ataque sorpresa en aquella inhóspita y extensa zona boscosa de las Ardenas, en una de las batallas más sangrientas que se recuerdan de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de separar la línea defensiva aliada anglo-americana, tratando después de conquistar el puerto de Amberes.

El 23 de diciembre, de un día como hoy, de 1944, tres soldados, uno de ellos herido, Ralph Blank, Herbie Ridgin y James Rassi, de la 8ª división del 121 Regimiento del ejército de los Estados Unidos, algo desorientados ante el inesperado ataque alemán deambulaban, por segundo día consecutivo, por aquellos bosques. No están preparados para soportar una climatología tan adversa. De hecho, todavía llevan los uniformes de verano que seis meses atrás habían utilizado en el desembarco sobre la playa de Utah Beach en Normandía.

La altura de la nieve, en algunos lugares por encima de las rodillas, dificulta mucho desplazarse con relativa normalidad y más, si cabe, el hacerlo con un herido a cuestas, a lo que habría que añadir la densa niebla, que no les deja ver bien en aquella frondosa boscosidad. Al día siguiente, a lo lejos divisan una luz tenue de lo que parece tratarse de una pequeña cabaña de madera, en medio de la nada, hacia dónde se dirigen.

Dentro de la cabaña, Elizabeth Vincken y su hijo Fritz se disponen a preparar la cena de Nochebuena, cuando escuchan a alguien golpear con los nudillos la puerta de la entrada. Y durante unos instantes, permaneciendo en silencio no saben cómo reaccionar.

Cuando abren la puerta ven a aquellos tres soldados. Son conscientes que simplemente prestándoles ayuda o dejándoles entrar podría constituir un delito castigado hasta con la pena de muerte. Pero algo en su interior le impide dejar a aquellos tres hombres fuera en el bosque con la noche que está haciendo, así que les pide que dejen las armas fuera y les permite el acceso a su interior.

Elizabeth y su hijo no hablan inglés y aquellos nada de alemán. Eso sí, para hacerse entender chapurreando algo de francés acompañado del lenguaje universal de los signos, logran contarles que son soldados americanos, que están perdidos, que solo piden quedarse aquella noche, mientras ella añade más patatas al pollo que está cocinando pidiéndole a su hijo que saque una hogaza más de pan.

Y es entonces cuando alguien, hablando en un perfecto alemán, llama a la puerta, pidiendo que les abran. Son cuatro soldados con el uniforme feldgrau (color gris) del ejército alemán, solicitando poder entrar para cobijarse. Hay tanta tensión en el ambiente que se podría cortar con un cuchillo.

Elizabeth sale al umbral de la puerta para decirles que tiene invitados y que si van a pasar han de dejar las armas fuera. El nerviosismo de la mujer alerta a los soldados que intuyen que algo no va bien, o que se les oculta algo. Pero la señora Vincken, identificándose como alemana y propietaria de la casa, acaba sincerándose con aquellos. Les cuenta la verdad, que sus invitados son soldados estadounidenses, y uno de ellos se encuentra herido en una pierna. Afirma ser conocedora de las normas y de sus consecuencias, pero es víspera de Navidad y no está dispuesta a dejar a aquellos hombres morir en el bosque de frío y hambre, y menos en una noche tan especial como aquella.

Parece ser que aquellas palabras conmueven al que se encuentra al mando de aquel pequeño destacamento. La señora Vincken le mira a los ojos, -“que joven es”-, piensa para sí misma, -“no es más que un crío, de unos veintipocos años de edad”-. Ellos también se encuentran desorientados, tienen frío, están hambrientos, temen caer en manos del enemigo, así que dejan las armas en el zaguán y entran.

Durante los primeros minutos nadie habla. Solo se miran con recelo. Son conscientes que ante todo son enemigos y que se odian, o al menos eso se supone que deberían, aunque en aquella casa, en aquel momento, unos frente a los otros no lo sientan así.

Uno de los alemanes, estudiante de medicina, se acerca al herido. Y aunque la desconfianza inicial entre unos y otros permanece le permiten que le eche un vistazo. Pide trapos y que se le caliente agua ofreciéndole una primera cura, tras la cual el soldado parece encontrarse más aliviado.

Se sientan en la mesa. Hay para cenar pollo con abundantes patatas y pan, mucho pan para compartir y de pronto se relajan, se sienten cómodos, e incluso notan el ambiente mucho más distendido, logrando durante unos instantes olvidar que están en guerra. Al final de la noche Fritz empieza a cantar unos villancicos al que se le irán uniendo todos. Los villancicos son universales. Cambia el lenguaje, pero no su espíritu.

Aquella noche, aquellos siete hombres, enemigos de guerra, tres americanos y cuatro alemanes vivieron una Nochebuena diferente, como si estuvieran en casa. A la mañana siguiente uno de los alemanes les ofrecerá un plano y una brújula a los americanos para que puedan orientarse mejor en su salida, despidiéndose dándose un cordial y afectuoso abrazo.

En 1985 Ronald Reagan contará parte de aquella historia en un discurso estando en Alemania en el contexto de la reconciliación. El programa de televisión “Misterios Sin Resolver” años más tarde se hacía eco de esta historia. Un enfermero de Maryland se ponía en contacto con la NBC para contarles que un anciano del asilo donde él trabajaba, no dejaba de hablar de aquella historia, afirmando ser él uno de sus protagonistas.

Cincuenta y dos años más tarde, el 19 de enero de 1995, Fritz, aquel niño, entonces ya de sesenta y cuatro años y el soldado Ralph Blank, recién cumplidos los setenta y cinco volvían a reencontrarse. Un soldado veterano, profundamente emocionado, que confesaba conservar todavía el mapa y la brújula que le había dado aquel cabo alemán y que atesoraba el recuerdo de aquella Nochebuena como «la más hermosa de su vida».

Una noche tan hermosa como la que deseo que tengáis mañana y por supuesto pasado mañana, teniendo un Feliz día de Navidad. Disfrutando estos días que se viven en familia y que se celebran con todo el mundo, sin distinción. Abrid el corazón, porque dicen que;

-“Se equivocan quienes piensan que Santa Claus entra por la chimenea, porque en realidad entra por el corazón”- [Paul M. Ell]

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